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LACRIMA I - El Arca del llanto
El hallazgo de un niño asesinado en el río Ebro, con un símbolo grabado en la piel, desencadena una investigación que se adentra en siglos de fe y silencio. La teniente Sofía Vega sigue un rastro de rituales prohibidos, manuscritos ocultos y secretos custodiados en una catedral española. Cada símbolo exige ser descifrado. Cada respuesta revela una verdad más inquietante. A medida que el pasado despierta, emerge la sombra de algo que cruzó el océano hace siglos y nunca debió llegar… pero el pasado siempre encuentra la forma de volver.

LACRIMA I
EL ARCA DEL LLANTO
Lucien Arcan
PRÓLOGO – AÑO DEL SEÑOR 1688
Nunca tuvo que arrancarlos de los brazos de sus padres.
Se los entregaban.
Su única misión era arrastrarlos hacia ÉL.
Cebado por barrancos y acequias desbordadas, crecía por momentos y embestía las calles con la obstinación de un asedio. El agua golpeaba los muros de la catedral, que parecían ceder bajo el empuje de la riada.
En el atrio, a la incierta luz de las antorchas, el obispo guiaba a un puñado de fieles exhaustos. Acarreaban sacos, clavaban maderos, invocaban letanías entre barro y ramas. Pero el río no escuchaba plegarias. Con un estrépito seco, el dique cedió y lo arrasó todo, sin distinguir entre madera y carne.
De rodillas en el fango, el obispo alzó la voz:
—¡Señor, protege tu casa! ¡No permitas que se profane este templo santo!
Arriba, la súplica.
Abajo, el sacrificio.
El niño yacía inmóvil, boca abajo, atado con correas a la fría losa. En sus labios quedaba el rastro amargo de las hierbas que lo habían mantenido dormido; entre los dientes, un trapo para sofocar el grito que vendría. El primer corte lo arrancó del sueño como si lo hubiesen arrojado al fuego.
La vela temblaba en la mano del encapuchado, proyectando sombras errantes sobre la cripta. En la otra, el filo oscuro de obsidiana trazaba surcos en la carne.
El encapuchado le había ceñido una máscara de cuero grotesca, que sostenía dos frascos diminutos bajo los ojos, como si fuesen una prolongación del rostro. Cada lágrima descendía por un canal metálico y caía en el cristal, como si el dolor quisiera perdurar en el tiempo, condenado a unirse a un oscuro legado.
Para él, cada surco en la carne era un salmo; cada lágrima, un amén. Con gesto reverente, abrió el Arca del Llanto y guardó allí el preciado néctar, una fracción de eternidad.No fue necesaria la fuerza: el niño estaba exhausto, apenas consciente. Lo alzó en volandas y lo condujo por el pasadizo, dejando un rastro húmedo sobre la piedra. Al final del corredor, el río rugía.
Con un ademán solemne, entregó el cuerpo aún vivo a la corriente: el lino se empapó, giró en la penumbra y desapareció en la negrura.
El hombre permaneció mudo ante el río. Su respiración se confundía con el clamor del agua. No había odio en sus manos. Solo obediencia.
El alba trajo calma al cauce. Exhaustos, los fieles se arrodillaron en el barro.
—¡Benedictus sit Dominus! —clamó el obispo.
—Deo gratias —respondió el pueblo.
El obispo vio la mano de Dios. El penitente, una deuda saldada.
La verdad se perdió en el murmullo del agua.
Las lágrimas, no.
I
LO QUE EL RÍO DEVUELVE
Sábado 4 de abril de 2015 — Tudela (Navarra)
A las nueve menos cinco de aquella noche, aún tenía una vida. Cinco minutos después, el río empezó a arrebatársela.
Sobre la mesa reposaba un libro abierto: Por qué nos cuesta tanto conectar con los demás.
El televisor teñía de azul el salón.
Sofía Vega dejaba que la película avanzara sin prestarle atención, envuelta en la quietud de su piso.
Se había concedido un respiro. Era sábado, fiesta local, y lo único que deseaba era dejar que la noche se deshilachara antes de ir a dormir.
En su cabeza seguía rondando el mensaje de su madre: «¿Mañana comemos juntas?». Aún no lo había contestado.
No era desinterés, sino miedo.
Aceptar significaba sentarse otra vez frente a su padre enfermo.
A veces quería creer que, manteniéndose lejos, el dolor sería más llevadero, como si la distancia pudiera retrasar lo inevitable. Pero sabía que no podía hacer nada contra ese final que avanzaba, silencioso e implacable.
El pensamiento se rompió de golpe con un estribillo que conocía de memoria.
La última nota aún flotaba en el aire cuando tomó el móvil.
En la pantalla apareció: Casa Cuartel de Tudela.
En ese instante, la intimidad se desvaneció y su otro yo tomó el control.
—Teniente Vega al habla —respondió con voz firme, sin titubeos.
—Siento la hora, pero es urgente. Dos jóvenes han encontrado el cadáver de un niño en el Ebro, junto a la depuradora. Presenta signos evidentes de violencia.
—¿Un niño? —la palabra se le quedó clavada en la garganta; tardó un segundo en reaccionar—. Estaré allí en cuanto pueda.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. En Tudela no ocurrían cosas así. Y menos con niños.
La mente de Sofía cambió de marcha al instante. Tenía que llegar antes que la Policía Foral. Siempre terminaban arrebatándoles las investigaciones más delicadas, escudados en sus malditos protocolos grises. Esta vez no.
Se incorporó. Su voz sonó seca:
—Quiero a la patrulla más cercana allí. Acordonen la zona y controlen accesos. Que nadie toque el cuerpo.
Colgó sin vacilar y apagó el televisor de un golpe.
Atravesó el salón de su piso. Todo respondía a un orden funcional: muebles sencillos, líneas limpias, tonos grises y blancos. Algún cuadro discreto rompía la monotonía. Nada personal, salvo una foto enmarcada: ella con sus padres, sonriendo el día que juró el cargo.
Dejó la taza en el fregadero y fue directa al dormitorio. En el armario, la ropa aguardaba alineada con orden meticuloso. No quedaban muchos vestidos de fiesta; el reflejo de aquella Sofía más joven y despreocupada también había desaparecido del armario. Eligió lo de siempre: vaqueros oscuros, botas resistentes y una chaqueta negra.
Se vistió sin pensarlo demasiado, guardó la placa y la Beretta en su bolso de trabajo y se observó un instante en el espejo del pasillo.
Rostro serio.
Coleta baja.
Sin maquillaje.
La profesional había vuelto.
En su cabeza seguían retumbando esas dos palabras: «niño» y «violencia». El nudo en el estómago se hacía cada vez más intenso.
La teniente salió de casa y sorteó un laberinto de terrazas donde amigos y familias apuraban cañas tras el pregón del Volatín. Vega los observaba de reojo mientras avanzaba calle abajo. Ni envidia. Ni nostalgia. Había elegido un camino diferente, y rara vez lo cuestionaba.
Su Seat León gris la esperaba en su plaza habitual. Salió de la ciudad con los dedos crispados sobre el volante, rumbo al Ebro. El olor del río, húmedo y terroso tras la crecida, se coló en el habitáculo como un presagio.
A la altura de la depuradora, un vehículo de la Guardia Civil y una ambulancia aguardaban con las luces de emergencia parpadeando. Aparcó en paralelo.
Apagó el motor, respiró hondo y guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta. A partir de ese momento, todo sería procedimiento. Salió del coche con paso firme, se ajustó la chaqueta y caminó hacia la escena, ya acordonada.
El aire era más frío junto al agua, y un silencio extraño se imponía sobre los murmullos de los agentes. Un silencio que Sofía conocía bien: el que rodea a la muerte.
Mostró la credencial al primer agente que salió a su encuentro y se identificó con la seguridad que le daban sus seis años al frente de las investigaciones en Tudela y su comarca.
Un cabo joven, con el uniforme de invierno, botas altas y linterna en mano, se apresuró a hablar, nervioso:
—Llegamos lo antes posible; hemos acordonado la zona.
—¿Qué hay de los chicos?
—Estaban pescando. Ya han hablado con nosotros de forma preliminar y todo indica que no tienen nada que ver.
El agente señaló hacia la sombra de una furgoneta del 112. Dos chicos estaban sentados en el bordillo, envueltos en mantas térmicas plateadas que brillaban con los focos.
—Que no se muevan. Hablaré con ellos más tarde.
El cabo asintió.
Sofía cruzó bajo la cinta y pisó el barro húmedo con cuidado. El terreno cedía ligeramente bajo sus botas, una mezcla densa de agua estancada y vegetación en descomposición.
La escena estaba mal iluminada. Dos focos y un par de linternas fijadas a ramas apuntaban hacia el cadáver. Luz insuficiente para una inspección seria. Sofía lo asumió sin comentarios y se acercó.
El niño yacía boca abajo. El retroceso del agua lo había dejado semihundido en el barro, como si el río lo hubiese escupido con desprecio. La ropa, un pantalón verde y una camiseta pequeña con un dibujo descolorido, se había endurecido contra la piel. Faltaba una zapatilla; la otra seguía en su pie derecho, empapada, con colores demasiado infantiles para aquel escenario. El pelo claro y apelmazado cubría parte de su rostro inflamado. Un brazo menudo asomaba amoratado, hinchado hasta la deformación.
Sofía se agachó despacio. El olor la golpeó de frente: un hedor agrio, dulzón y nauseabundo, la esencia misma de la carne en descomposición. Una punzada le subió a la garganta. Tuvo un amago de arcada, pero lo contuvo. Apretó los labios con fuerza y desvió la vista hacia el barro un instante, antes de obligarse a regresar a él.
El cadáver hablaba por sí mismo: arañazos en brazos y piernas, cortes irregulares, uñas reblandecidas y quebradas, como si hubiera intentado aferrarse en vano a algo. El abdomen, hinchado por los gases, parecía desproporcionado en un cuerpo tan pequeño.
Se inclinó de nuevo y examinó el rostro. A simple vista, no debía superar los diez años. No había documentación. Solo una pulsera de superhéroes en la muñeca izquierda: un detalle infantil, el único rastro de identidad en medio de la devastación.
El cabo murmuró:
—Debajo de la camiseta.
Vega se puso los guantes y levantó con cuidado los restos de la prenda que cubrían la espalda. La tela húmeda se deshizo entre sus dedos y lo que apareció debajo la dejó inmóvil.
Sobre la piel macerada se apreciaba un símbolo que cubría la totalidad de la espalda, formado por cicatrices blanquecinas y azuladas en avanzado estado de putrefacción.
No era producto del azar ni de un accidente: eran incisiones firmes, repetidas y deliberadas.
En el centro se distinguían dos formas semejantes a ojos y una cruz, cuya precisión descartaba cualquier improvisación. En conjunto, componían un rostro abstracto de aspecto perturbador.
Los dos agentes aguardaban en silencio, entre la estupefacción y el respeto al cuerpo. Solo se escuchaba el chapoteo leve del agua en la presa cercana.
El improvisado aparcamiento iba creciendo por momentos: primero con la llegada de un furgón del equipo de Criminalística de la Guardia Civil y, poco después, con el juez de guardia, su secretario y el médico forense. Maletines, carpetas y linternas se desplegaron en un ritual preciso; cada gesto, repetido mil veces, hablaba de una rutina bien aprendida.
Sofía se incorporó y se dirigió sin dudar hacia el equipo de Criminalística.
—Teniente Vega, estoy al mando —dijo sin preámbulos—. Quiero un informe completo del entorno: huellas, fibras, restos… todo. Cualquier detalle, por insignificante que parezca.
Los técnicos se desplegaron de inmediato. Fotografiaron cada ángulo de la escena, colocaron testigos numerados junto a objetos y marcas en el barro, recogieron fibras con pinzas y aspiradores portátiles, y tomaron notas en voz baja, como si temieran perturbar el silencio del lugar.
Cuando terminaron, dieron paso al forense. Enfundado en un mono blanco que crujía a cada movimiento, se inclinó sobre el cadáver con la calma de quien ha visto demasiados cuerpos. Con la ayuda de un agente, volteó un poco el cuerpo sobre una sábana de plástico y alumbró con la linterna el rostro, el abdomen hinchado, la piel reblandecida por el agua y las manos deshechas. Una sanguijuela negra intentaba abrirse paso por el costado; el forense la extrajo con unas pinzas y la guardó en un tubo estéril, para sorpresa incluso de los técnicos más curtidos. Él también dejó escapar un suspiro contenido. Con menores, uno nunca se acostumbra.
—Todo indica que la causa de la muerte fue el ahogamiento —explicó en voz baja—. El estado de rigidez no coincide con una inmersión reciente. Por la hinchazón y la maceración, calculo que llevaba muerto entre tres y cuatro días. Estaba vivo cuando lo arrojaron al río.
Sofía procesaba la información tan rápido como podía.
—Así que lo arrojaron… —susurró.
El forense sostuvo su mirada.
—Con lo que lleva en la espalda, no creo que tuviera muchas ganas de darse un baño, ¿no cree?
El sarcasmo no le hizo ninguna gracia a Vega, pero no respondió.
—Acabamos de avisar a la central de Pamplona —dijo una voz a su espalda. Eran dos agentes de la Policía Foral.
—La situación está controlada por la Guardia Civil.
A Vega le subió un calor violento, casi inmediato, como si algo le ardiera por dentro. La mandíbula se le tensó hasta dolerle. Una batalla de egos amenazaba con estallar, y ya había salido derrotada en el pasado.
En su cabeza no veía colaboración, sino entrometidos que siempre conseguían llevarse el gato al agua. Uno de los agentes forales dio un paso al frente, dispuesto a discutir, pero el juez lo interrumpió:
—¿No cree que han llegado un poco tarde para tomar decisiones? —dijo con la autoridad de quien está acostumbrado a dictar sentencias—. El cuerpo irá al Instituto de Medicina Legal de Pamplona y será la Guardia Civil quien se haga cargo del caso.
Nadie replicó. El silencio se impuso de golpe, roto únicamente por el zumbido constante de una torre de iluminación diésel, que había llegado tan a destiempo como los forales.
El juez firmó la autorización de levantamiento y, con un movimiento de cabeza, dio paso a la empresa funeraria. Dos operarios alzaron el frágil cuerpo y lo colocaron en la camilla, que arrastraron con esfuerzo por la empinada cuesta hasta alcanzar el camino, convertido ahora en un caótico escenario de destellos azules y sirenas ahogadas.
Allí, lejos del agua y del fango, desplegaron la bolsa mortuoria mientras un silencio pesado se imponía entre los presentes.
—Esperad un momento —ordenó Sofía, acercándose.
Fue en ese instante cuando lo vio. La potente luz de la torre portátil reveló diminutos pegotes blanquecinos en la zona del cuello, justo sobre el grabado, esparcidos sin ningún patrón aparente.
Uno de los especialistas de la Criminalística sacó unas pinzas, tomó una muestra y la sostuvo bajo la luz.
—Parece cera… de vela.
«Un niño, velas, un símbolo grabado...» Sofía anotaba mentalmente cada palabra…
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Algunas cosas empiezan cuando alguien responde.
Lucien Arcan

RESEÑAS DESTACADAS
Reseñas de Lacrima I: El Arca del Llanto
¿Cuál es el límite entre la fe y el fanatismo? ¿Justifica siempre el fin los medios?
Son algunas de las cuestiones en las que Lacrima I se sumerge y explora en profundidad. Entre tintes de novela histórica y thriller policíaco, la teniente Sofía Vega se ve envuelta en un crimen vinculado a un antiguo ritual perpetuado y acallado a través de los años. Este caso sumado a cuestiones personales tensionará su existencia y la pondrán a prueba aunque, por suerte para ella, no estará sola.
Distintos escenarios (desde México a España pasando por Alemania) y tiempos entrelazados (una época colonial estrechamente unida con el presente) junto a unas descripciones muy cuidadas y una documentación concienzuda permiten la inmersión en un mundo sórdido que ofrece pocos de momentos de calma al lector, pero sí le garantiza una tensión intrigante que le hará proseguir en su lectura.
Aquellos que disfrutan de las obras de prestigiosos autores como Dolores Redondo o Javier Sierra encontrarán en las páginas de esta primera entrega un relato absorbente donde una atmósfera siempre acechante y opresiva no les dejará indiferentes.
Beatriz Pérez Galindo
Correctora editorial | Colaboradora externa en las editoriales Planeta y PanHouse.
Desde el momento en el que tuve la oportunidad de asomarme a LACRIMA, su argumento me cogió de la mano, invitándome a montar sobre la grupa de esas palabras que el autor ha ido tejiendo meticulosamente hasta dar forma a una trama histórica con tonalidades policiales, místicas y religiosas, presentando un telón de fondo con tintes de suspense que nos invita a cabalgar a ritmo frenético, transformando cada punto final de frase en un puente colgante que te impulsa a continuar un poco más allá, entre saltos temporales que conectan ayer y hoy, relacionan mundos diferentes con una maestría que te regala una extenuante aventura hacia un desenlace que, según se aproxima, te genera la paradoja de desear que no sea el final de esta aventura…
Luis Gutiérrez
Analista de trama y lector especializado en thriller histórico.
(Grupo de lectura BETA)


«Escribo para sumergirme…y para que el lector no pueda salir ileso.»
—Lucien Arcan

EL ARCHIVO
Algunas historias continúan fuera del libro.
Si decides cruzar, te avisaré cuando sea el momento.

