
Antes de cerrarse, LACRIMA pasó por manos ajenas.
No eran lectores casuales.
Eran miradas distintas.
Escritores, como Alberto Ibáñez Martínez y Tessa Avalon.
Voces cercanas a la historia y a los lugares donde transcurre, como José (Pepe) Ibáñez, Rafael Puy o Jesús Merino, deán y responsable de conservación del patrimonio histórico-artístico de la Catedral.
Y también una mirada especialmente crítica, la de Luis Gutiérrez, lector habitual de thriller histórico.
Cada uno leyó desde un lugar diferente.
Sin indicaciones.
Sin contexto previo.
Sus reacciones marcaron el proceso.
Dónde se detenían.
Qué les inquietaba.
Qué necesitaba más silencio… o más tensión.
Algunas escenas cambiaron después de esas lecturas.
Algunos ritmos se ajustaron.
Porque una historia no termina cuando se escribe.
Termina cuando alguien la lee.
Y en ese momento… empieza otra cosa.
